Con cara de perdido salí a dar una vuelta. Con cara de contento respiré el aire de ese frío y despejado martes a la mañana por el parque. Con cara de oportunista me senté en un banco libre, bastante alejado del resto. Con cara de aburrido miré para todos lados hasta que con cara de aventurero la vi acercándose. Según su cara, puedo afirmar que también me miró.
Con nervios, puse una tímida cara de hola. Ella puso la misma cara, supe que el saludo estaba procesado. Puse cara de cómo te llamás, y ella puso cara de Florencia. Yo puse cara de Federico. Ambos pusimos cara de cuántos años tenés, y nos contestámos nuevamente al mismo tiempo. Sonreímos con cara de choque los cinco e impactamos las palmas en el aire. Su mano fue agradable y se lo dije con la cara. Mis gestos se pusieron más amables aún y puse cara de te quiero tomar de esa mano. Ella aceptó y puso cara de querer sentarse en el pasto. Yo puse cara de que me parecía buena idea y caminamos hacia un lugar cómodo con caras de charla entretenida.
Nos miramos un largo rato con cara de conociéndonos bastante. Ella sonrió y puso cara de que le caí bien. Yo puse cara de quiero verte mañana y ella me contestó con cara de que mañana no podía. No quise poner cara de verla pasado mañana porque me pareció asfixiante, así que puse cara de qué pena. Ella puso la misma cara, pero al instante la cambió por una de tengo el jueves libre. Yo puse cara de que también podía y sonreí por dentro de costa a costa. Ella me agarró de la mano y pusimos cara de seguir charlando. Se acercó el mediodía y noté su cara de tener que irse. Puse cara de parece que te conozco de toda la vida y ella sonrió modestamente. Puse cara de pasáme tu teléfono y ella puso cara de yo lo anoto en el tuyo. Se lo dí y lo archivó artísticamente. Nos besamos como despedida y puse cara de hablamos luego pero nos vemos el jueves. Ella puso cara de que le parecía regio. Nos alejamos cada cuál por un camino distinto, mirándonos con cara de diciéndonos algo a la distancia. Cuando ya estaba casi irreconocible, le puse cara de hasta pronto. Ella puso cara de no te entiendo. Yo la expresé más, pero seguía sin entender. Desde setenta metros le grité “hasta luego”. Ella contestó con un fuerte “¿qué?”. Yo repetí mi despedida, pero otra vez no me escuchó. Finalmente decidí alejarme con cara de qué sorda es.
sábado, 28 de junio de 2008
domingo, 22 de junio de 2008
El día que jugué para Boca
No formo parte del plantel, no voy a entrenar todos los días, no conozco personalmente a los jugadores y ni siquiera soy hincha de Boca. Pero tuve la suerte de jugar un partido.
Fue en la cancha de Newell’s, donde oportunamente hacía de local, frente a Gimnasia de La Plata. Era de noche. Lo sé porque estaban encendidas las torres de iluminación. Había mucha gente, lo sé porque apenas entré, lo primero que hice fue mirar a las tribunas. Estaban repletas. En lo personal me sentía desprolijo. No me decidía por la altura de las medias y la camiseta me quedaba notoriamente grande. Además no me había afeitado, con barba me da la sensación de que juego peor. Pero ya estaba ahí.
El hecho de no formar parte del plantel y no conocer personalmente a los jugadores me jugó en contra. En vez de posicionarme en la cancha antes de empezar el partido, fui a saludar a Battaglia y a Riquelme. No me dieron mucha bola.
Sin haber hablado con nadie previamente, sabía que iba a ocupar el mediocampo, por la derecha. Que raro pensaba yo, nunca jugué ahí. Pero bueno, podía ser, porque tampoco había jugado nunca en Boca y ahí me encontraba.
Estaba por darle una palmada en el hombro a Riquelme, para hacerle creer que no estaba nervioso y mostrarle mi seguridad con mi mano cuando el árbitro arrancó el cotejo. Fui corriendo hacia la derecha y empecé a pedir el esférico. Estaba jugando, yo, ¡y no le avisé a nadie!, me lamentaba.
Los primeros instantes del encuentro me tuvieron un poco excluido del juego. No me pasaban la pelota. Yo la pedía a gritos, pero tal vez los ruidos de las tribunas no me dejaban expresar.
Recuerdo que el primer contacto que hice con el balón fue por un pase del arquero. Lo llamativo fue que lo hizo Navarro Montoya, y él ya no juega más en Boca. Pero no iba a ser tan inoportuno de preguntarle qué hacía en el arco al Mono en ese instante, y por eso decidí recibir la pelota, bien calladito, dispuesto a protegerla.
Apenas me llegó el pase me di cuenta de mi estado físico. Era lamentable. Impreciso como pocos estaba, y me costó bastante darme vuelta. Cuando me avivé ya era tarde. Estaba en la puerta de nuestra área, y no recuerdo quién, pero posiblemente su número 11, pasó como un tranvía veloz, me sacó la pelota, y disparó al arco. Por suerte para mí y para el equipo, se fue dos metros por encima del travesaño.
Levanté la mano pidiendo disculpas, y el Negro Ibarra me tocó el hombro. Eso me alegró bastante. Fui corriendo a la izquierda rápidamente, casi tanto como lo que demoré en pasarme a la derecha de nuevo, mi verdadera ubicación.
Pese a mi confianza personal, no tuve muchas oportunidades de demostrarla. El tiempo transcurría velozmente y Riquelme parecía enojado. Le quise preguntar si tenía algún problema conmigo, pero malhumorado me mandó a la barrera en un tiro libre. “En el vestuario lo charlo”, pensé.
El partido estaba 0 a 0 con pocas situaciones de gol, hasta que llegó un momento clave en el encuentro. Un contrataque nuestro estaba bien armado. Guillermo Barros Schelotto llevaba la pelota – también le iba a preguntar qué hacía ahí, ya que no juega más en Boca-, Palermo lo seguía a toda su velocidad por el centro de la cancha. Eran dos contra dos.
Y fue ahí que la palmada de Ibarra me despertó. Fue ahí que dije: “Esta es mía”. Comencé a correr como nunca. Movía las piernas sin importarme que estaba exhausto. Parecía un colectivo atrasado dispuesto a pasar en amarillo, pese a que el rojo era ineludible.
Lo alcancé a Guillermo, portador del balón, situado a 4 metros del área, y tomé la decisión de pasarlo en velocidad, por su derecha, mientras gritaba: ¡¡Guilleeee!!.
Me la tiró larga, seguí corriendo junto con un defensor que me seguía de atrás, tratando de agarrarme de la camiseta. ¡Si me tocas me tiro! Le grité decidido y un poco enojado. Pero yo ya sabía qué iba a ser. Mi jugada ya tenía destino. Palermo estaba solo en el área. Le mandé el centro de derecha al ras del piso (reconozco que me salió un tiro pifiado), que le quedó un poco atrás, situación que lo hizo definir de rabona. La pelota salió débil pero bien dirigida y se metió en el primer palo, abajo, en un rincón, haciendo casi inútil la estirada del arquero de Gimnasia. Era el 1 a 0. Un furor interno se apoderó de mi.
La gente comenzó a gritar el gol, y yo también. Lo abracé a Guillermo que no mostraba tanta felicidad. Yo sí, yo estaba en las nubes. “¡Este tiene un ojete últimamente! ¡Mirá el gol que hizo!”, le dije a Barros Schelotto sobre el autor del gol. Y mientras iba a la mitad de la cancha, el árbitro finalizó el primer tiempo.
Nos dirigimos a los vestuarios y todos me miraban simpáticamente. Hasta Riquelme me preguntó mi nombre. Eran todos comentarios alegres. Yo traté de ser un poco humilde, y arremetí con un: “No se por qué me puso Basile (Otra cosa que me llamó la atención, porque Basile ya no es más el técnico), le dije que estaba impreciso”. Con una sonrisa cómplice. Pero en el fondo sabía que era la estrella, estaba convencido que mi jugada había sido de otro partido.
Para el segundo tiempo no ingresé, tal vez me notaron cansado, a lo mejor el técnico se enojo al ver que me estaba afeitando frente al espejo para ser el primer futbolista en afeitarse en el entretiempo de un partido, o quizás simplemente querían retirarme en la gloria. Yo no estaba dispuesto a eso, y semejante actuación me dio ánimos para convocarme a la selección, en un partido frente a Inglaterra. Y acá sí me iba a consagrar, acá estaba dispuesto a soñar un gol mío.
Fue en la cancha de Newell’s, donde oportunamente hacía de local, frente a Gimnasia de La Plata. Era de noche. Lo sé porque estaban encendidas las torres de iluminación. Había mucha gente, lo sé porque apenas entré, lo primero que hice fue mirar a las tribunas. Estaban repletas. En lo personal me sentía desprolijo. No me decidía por la altura de las medias y la camiseta me quedaba notoriamente grande. Además no me había afeitado, con barba me da la sensación de que juego peor. Pero ya estaba ahí.
El hecho de no formar parte del plantel y no conocer personalmente a los jugadores me jugó en contra. En vez de posicionarme en la cancha antes de empezar el partido, fui a saludar a Battaglia y a Riquelme. No me dieron mucha bola.
Sin haber hablado con nadie previamente, sabía que iba a ocupar el mediocampo, por la derecha. Que raro pensaba yo, nunca jugué ahí. Pero bueno, podía ser, porque tampoco había jugado nunca en Boca y ahí me encontraba.
Estaba por darle una palmada en el hombro a Riquelme, para hacerle creer que no estaba nervioso y mostrarle mi seguridad con mi mano cuando el árbitro arrancó el cotejo. Fui corriendo hacia la derecha y empecé a pedir el esférico. Estaba jugando, yo, ¡y no le avisé a nadie!, me lamentaba.
Los primeros instantes del encuentro me tuvieron un poco excluido del juego. No me pasaban la pelota. Yo la pedía a gritos, pero tal vez los ruidos de las tribunas no me dejaban expresar.
Recuerdo que el primer contacto que hice con el balón fue por un pase del arquero. Lo llamativo fue que lo hizo Navarro Montoya, y él ya no juega más en Boca. Pero no iba a ser tan inoportuno de preguntarle qué hacía en el arco al Mono en ese instante, y por eso decidí recibir la pelota, bien calladito, dispuesto a protegerla.
Apenas me llegó el pase me di cuenta de mi estado físico. Era lamentable. Impreciso como pocos estaba, y me costó bastante darme vuelta. Cuando me avivé ya era tarde. Estaba en la puerta de nuestra área, y no recuerdo quién, pero posiblemente su número 11, pasó como un tranvía veloz, me sacó la pelota, y disparó al arco. Por suerte para mí y para el equipo, se fue dos metros por encima del travesaño.
Levanté la mano pidiendo disculpas, y el Negro Ibarra me tocó el hombro. Eso me alegró bastante. Fui corriendo a la izquierda rápidamente, casi tanto como lo que demoré en pasarme a la derecha de nuevo, mi verdadera ubicación.
Pese a mi confianza personal, no tuve muchas oportunidades de demostrarla. El tiempo transcurría velozmente y Riquelme parecía enojado. Le quise preguntar si tenía algún problema conmigo, pero malhumorado me mandó a la barrera en un tiro libre. “En el vestuario lo charlo”, pensé.
El partido estaba 0 a 0 con pocas situaciones de gol, hasta que llegó un momento clave en el encuentro. Un contrataque nuestro estaba bien armado. Guillermo Barros Schelotto llevaba la pelota – también le iba a preguntar qué hacía ahí, ya que no juega más en Boca-, Palermo lo seguía a toda su velocidad por el centro de la cancha. Eran dos contra dos.
Y fue ahí que la palmada de Ibarra me despertó. Fue ahí que dije: “Esta es mía”. Comencé a correr como nunca. Movía las piernas sin importarme que estaba exhausto. Parecía un colectivo atrasado dispuesto a pasar en amarillo, pese a que el rojo era ineludible.
Lo alcancé a Guillermo, portador del balón, situado a 4 metros del área, y tomé la decisión de pasarlo en velocidad, por su derecha, mientras gritaba: ¡¡Guilleeee!!.
Me la tiró larga, seguí corriendo junto con un defensor que me seguía de atrás, tratando de agarrarme de la camiseta. ¡Si me tocas me tiro! Le grité decidido y un poco enojado. Pero yo ya sabía qué iba a ser. Mi jugada ya tenía destino. Palermo estaba solo en el área. Le mandé el centro de derecha al ras del piso (reconozco que me salió un tiro pifiado), que le quedó un poco atrás, situación que lo hizo definir de rabona. La pelota salió débil pero bien dirigida y se metió en el primer palo, abajo, en un rincón, haciendo casi inútil la estirada del arquero de Gimnasia. Era el 1 a 0. Un furor interno se apoderó de mi.
La gente comenzó a gritar el gol, y yo también. Lo abracé a Guillermo que no mostraba tanta felicidad. Yo sí, yo estaba en las nubes. “¡Este tiene un ojete últimamente! ¡Mirá el gol que hizo!”, le dije a Barros Schelotto sobre el autor del gol. Y mientras iba a la mitad de la cancha, el árbitro finalizó el primer tiempo.
Nos dirigimos a los vestuarios y todos me miraban simpáticamente. Hasta Riquelme me preguntó mi nombre. Eran todos comentarios alegres. Yo traté de ser un poco humilde, y arremetí con un: “No se por qué me puso Basile (Otra cosa que me llamó la atención, porque Basile ya no es más el técnico), le dije que estaba impreciso”. Con una sonrisa cómplice. Pero en el fondo sabía que era la estrella, estaba convencido que mi jugada había sido de otro partido.
Para el segundo tiempo no ingresé, tal vez me notaron cansado, a lo mejor el técnico se enojo al ver que me estaba afeitando frente al espejo para ser el primer futbolista en afeitarse en el entretiempo de un partido, o quizás simplemente querían retirarme en la gloria. Yo no estaba dispuesto a eso, y semejante actuación me dio ánimos para convocarme a la selección, en un partido frente a Inglaterra. Y acá sí me iba a consagrar, acá estaba dispuesto a soñar un gol mío.
lunes, 16 de junio de 2008
Técnicas
Aburrido, mirando por la ventana de mi casa, me imaginé en la calle imaginándome en un bar, charlando con un viejo amigo:
- El otro día lo vi a Ricardo, está cambiado che.
- ¿Lo saludaste?
- Sí
- ¿Tenía alguna novedad?
- Le pregunté cómo andaba, qué era de su vida…
- ¿Y que te respondió?
- Me sonrió, me dio una palmada en el hombro, y me robó la billetera.
Tras esa conversación fruncí el seño, deje de figurarme en el bar desde la calle, y me toqué el bolsillo trasero. No tenía la billetera. Dejé de imaginarme en la calle desde mi casa, me palpé otra vez y nuevamente, sin billetera. Renuncié a la imaginación y comencé a buscar mi pérdida por la casa, pero fue en vano, había desaparecido.
Aturdido decidí volver a los lugares en los que estuve. Me recordé en el bar y en la calle otra vez, pero no tuve rastros de ella. Me imaginé en la casa de mi amigo, la busqué por todos lados, y nada. Hice lo mismo en el domicilio de mi madre y tampoco la encontré. Finalmente, atónito, me di por vencido.
La nueva técnica de Ricardo para robar en imaginaciones ajenas era contundentemente infalible y desconcertante.
- El otro día lo vi a Ricardo, está cambiado che.
- ¿Lo saludaste?
- Sí
- ¿Tenía alguna novedad?
- Le pregunté cómo andaba, qué era de su vida…
- ¿Y que te respondió?
- Me sonrió, me dio una palmada en el hombro, y me robó la billetera.
Tras esa conversación fruncí el seño, deje de figurarme en el bar desde la calle, y me toqué el bolsillo trasero. No tenía la billetera. Dejé de imaginarme en la calle desde mi casa, me palpé otra vez y nuevamente, sin billetera. Renuncié a la imaginación y comencé a buscar mi pérdida por la casa, pero fue en vano, había desaparecido.
Aturdido decidí volver a los lugares en los que estuve. Me recordé en el bar y en la calle otra vez, pero no tuve rastros de ella. Me imaginé en la casa de mi amigo, la busqué por todos lados, y nada. Hice lo mismo en el domicilio de mi madre y tampoco la encontré. Finalmente, atónito, me di por vencido.
La nueva técnica de Ricardo para robar en imaginaciones ajenas era contundentemente infalible y desconcertante.
miércoles, 11 de junio de 2008
Confusión
Cómo una sola palabra te desconcierta un rato.
8 am: suena el teléfono.
- Federico: ¿hola?
- Tía abuela: ¡hola!...¿Adriana?
- Federico: ...
- Tía abuela: ¿hola?
- Federico: ...
- Tía abuela: ¿hola?
- Federico: ho...ruido fingido....hol....¿hola? ¿quién habla?
- Tía abuela: ¡hola!, habla Chiche, ¿Fede?, ¿cómo estás?
Y puede pasar...mi tía abuela es un poco sorda y tal vez no me escuchó...o realmente estoy cambiando la voz...para mal...
Por las dudas la próxima atiendo con la voz de rambo.
8 am: suena el teléfono.
- Federico: ¿hola?
- Tía abuela: ¡hola!...¿Adriana?
- Federico: ...
- Tía abuela: ¿hola?
- Federico: ...
- Tía abuela: ¿hola?
- Federico: ho...ruido fingido....hol....¿hola? ¿quién habla?
- Tía abuela: ¡hola!, habla Chiche, ¿Fede?, ¿cómo estás?
Y puede pasar...mi tía abuela es un poco sorda y tal vez no me escuchó...o realmente estoy cambiando la voz...para mal...
Por las dudas la próxima atiendo con la voz de rambo.
miércoles, 21 de mayo de 2008
La sala desespera
...y de repente, se imaginó en una sala de espera, sin turno, con una música monótona de fondo, junto a un ventilador que hacía mucho ruido, similar al de un ventilador ruidoso; unas sillas perfectamente amoldadas para verse horribles, todas vacías menos la ocupada por él, unas catorce personas de pie a su alrededor, vestidas de azul en distintos tonos con zapatillas blancas sin cordones, caminando de un lado para el otro; unas plantas de plástico bastante viejas, un trapo de piso en un rincón estratégico, dinero en efectivo haciendo, efectivamente, un efecto perfecto sin defectos; un cuadro irreprochablemente inentendible con pasajes de sabiduría interior incompleta, insuficiente e incierta, incendiándose intensamente; un perro con ojos de gato, un gato con orejas de burro (señalado por un coro de niños albinos que cantaban líricamente: “le vamos a poner”), un loro con un pico de loro en el pico y patas de perro, una ventana que daba a un pasillo lleno de humo de cigarrillo, un cartel de “prohibido pasar” para fantasmas colgado en la pared, unas botas de un concurso sin premio, un agujero de mal agüero, un paraguas de todos colores desteñido por una lluvia antipática, una sonrisa cercana al trapo de piso, un celular hablando por persona, un grito vacío lleno de esperanzas proveniente de una rejilla limpia, una alfombra verde en el techo con pisadas de botas dignas de ser premiadas, un juego de cartas sin terminar y sin participantes, un recipiente con agua y peces nadando en la misma dirección intentando salir, otros intentando entrar; un centro de mesa al costado, contra la pared en el horizonte; el sudeste todo sudado, un pequeño transporte, también transpirado, un cuchillo manchado con sangre de un asesino, un tenedor manchado con sangre de un paciente, un paciente manchado con sangre propia, un asesino manchado con sangre del tenedor, pero no tanta; el carnet de una obra social colgado de un alambre acalambrado, un teléfono que suena y hace “ring”, cubierto de aserrín desparramado en una esquina y en la otra un boxeador en forma; una bombilla de un mate, una bombilla de luz, para tomar mate, una lámpara sin bombilla para mate, un enchufe con una zapatilla (la del pie derecho), una fotocopiadora sin ideas originales, la mujer responsable de que un sable hable, una lente excelente observando lentejas, un revistero con un manual de caras para gente que cumple años, un catálogo de logos explicado con diálogos de astrólogos y enciclopedias que pedían que sean ordenadas en ciclos por pediatras diferentes, un cuatro preocupado por la manera de ser recordado, un ciclista con una lista lista para entregarle a su analista, una amenaza amena establecida por una boca imprudente, el recuerdo de un hombre cuerdo, una huelga de acelga bastante tranquila, una plancha acusada de fría e insensible, un nervio de una persona normal, un diplomático con pecas vestido impecablemente, una puerta al más allá cerrada con llave, un amor de estrellas, una locura chocante, un curioso leyendo esto escrito en una hoja reciclada, y dos relojes en la pared con horario similar que marchaban a paso lento, sin saber en cuál confiar...
Al rato fue al endocrinólogo y lo esperó durante treinta minutos.
Se aburrió un poco.
Al rato fue al endocrinólogo y lo esperó durante treinta minutos.
Se aburrió un poco.
martes, 13 de mayo de 2008
Magnífica vista de un pensamiento
Voy a ir al balcón, necesito un poco de aire. Ya estoy afuera. Ahora estoy viendo un hombre salir de un local. No alcanzo a ver de qué es el negocio pero sí puedo observar lo que está pensando. No se cómo hago, pero sigo viendo y muy atento. Está pensando en una mujer, se quién es, la conozco, aunque no sólo la imagina físicamente, sino que la piensa junto a su personalidad. Es más joven que él, como siempre. Sigue caminando derecho, llegó a la esquina. Sigue pensando en la mujer y va a cruzar la calle (eso no es muy conveniente me parece). Está esperando que pase un Clio rojo. Ya pasó, ahora cruza. Está pisando la primera línea blanca de la senda peatonal sólo con la pierna izquierda. Ahora con la derecha pisa bien la segunda, tambalea un poco, pisa la tercera con la izquierda, dio un salto, pisó la cuarta, de vuelta con la izquierda, va a hacer la quinta con la derecha. Perdió el equilibrio, se está riendo. Ahora mira para los costados disimuladamente para ver si alguien lo ve reírse. Sólo una señora. No está pensando más en la mujer de antes. Ahora piensa en si conoce a la señora. Se dio cuenta que no y sigue derecho. Está pasando por una casa que tiene mucho reflejo en el vidrio. Mira de reojo y se acomoda el pelo. El viento se lo volvió a desacomodar, pero no se dio cuenta. Metió la mano en el bolsillo de atrás. Está por sacar un billete de dos pesos. No, es de cinco. No piensa en eso porque eso lo pensé yo. Se lo pone en el bolsillo de adelante sin hacer tanto alboroto.
Entró a un locutorio, saludó al encargado y preguntó por una cabina. No puedo ver a cual lo mandó, pero está marcando un número de larga distancia. Me parece que le dio ocupado. Cortó. Ahora marca de nuevo pero mirando un papel. No se de dónde lo sacó. Tiene el numero escrito en lápiz y no creo que sea su letra.
Ahora no contesta nadie. Frunció el seño. Supongo que porque antes le daba ocupado y ahora no contesta nadie. Sí, era por eso. Está marcando de vuelta. Se arrepintió. Salió de la cabina, saludó al encargado, quien no le devolvió el saludo. Estaba viendo algo en la computadora, no se qué miraba porque el monitor esta ubicado para el otro lado y no puedo ver los pensamientos del encargado.
Mira para los costados, está parado en una pierna, mientras, con la otra, simula giros de tango realizados por una mujer, pero bastante masculinos. Sigue con la misma dirección que iba antes. Está pensando en una hamburguesa con lechuga y tomate. Creo que tiene hambre. No puedo ver sus sensaciones, sólo los pensamientos. Pasó por al lado de un carrito que vende churros. Ahora se imagina una hamburguesa con lechuga, tomate y churros. Sacó la lengua.
Apura el paso, está pensando en qué hora es, me asombra con la claridad que lo estoy viendo. Va a cruzar de vuelta, esta vez hay semáforo y mueve la mano señalando la posición de la luz roja. No entiendo que quiere hacer. Se puso en rojo y ahora cruza. Pensó en saltar las líneas blancas de vuelta, pero se acordó tarde y ya va por la tercera. Sube el escalón y sigue su camino. Pasa por en frente de un hotel. No ve a nadie conocido. Está pensando en que tiene ganas de irse a Europa. Sigue caminando y ahora se imagina en París, en un bar al aire libre. El día está despejado, el clima es seco y agradable. Se imagina con ella. La mesa es para dos y las sillas están enfrentadas. Discuten un poco con gracia por quién se sienta de espaldas a la Torre Eiffel que está cerca del lugar y a la vista. Sin el permiso del mozo, él corre la silla y se sienta al lado de ella. Lo veo clarito. Se abrazan un poco y le da un beso cariñoso en el cachete. La mira a los ojos y se acerca a ella. Le habla rozando sus labios. Agarra una bolsa que parece tener muchos objetos. Le da un sobre vacío y comienza a sacar las cosas. Le da una vista panorámica de un sueño cumplido, luego un cuadro para seguir y seguir pintando con temperas de varios colores, una llave de luz que enciende y apaga la realidad, un abrazo que sirve para invierno y verano, una almohada incómoda para que se apoye en su hombro, una solución indescifrable para problemas simples, una soga con un nudo muy difícil de desatar aunque fácil a la vez, una foto suya (su preferida) en una mesa junto a su creatividad, su imaginación, el miedo (bastante borroso) y su sinceridad (muy sonriente). Además le da un manual con explicaciones sobre cómo es él, pero en blanco, y un libro con cuentos sobre su ideología y manera de pensar, bastante claro por cierto. Solamente le queda por sacar de la bolsa un sobrecito de azúcar. Llegó a la otra esquina y dejó de pensar en París, pero cree y sabe que le puede dar todo eso. Sabe que le puede hacer bien. Aunque también sabe que ella no se da cuenta. Y sigue caminando. Ya me cuesta un poco verlo. No por la distancia, es que hay mucha gente. Entró en calor, al menos eso está pensando ahora, pero no tiene más que una remera puesta. Empieza a caminar más lento, ahora no tanto, ahora sí.
Pasa por un parque y piensa en hamacas. Quiere hamacarse. No hay hamacas. Se lamenta. Mira el cielo, se está despejando. No se detiene. Pasa por la casa de una amiga, creo que va tocar timbre porque se quedó parado. No, se está atando los cordones, aunque piensa en la amiga. Retoma el camino. Ahora no hay tanta gente, sin embargo casi no lo veo, dobló por una calle que me dificulta la visión porque no la conozco mucho.
Sigue caminando y ahora sí ya se me complica verlo. Cada vez se aleja más y se hace borroso. Ya es una figura difícil de reconocer, no veo por donde va ni cuánta gente hay, pero sí puedo ver lo que piensa, está pensando en ella de vuelta. Ya fue suficiente aire, abro la ventana del balcón y me voy adentro con un sobrecito de azúcar en la mano sin saber de dónde lo saqué.
Entró a un locutorio, saludó al encargado y preguntó por una cabina. No puedo ver a cual lo mandó, pero está marcando un número de larga distancia. Me parece que le dio ocupado. Cortó. Ahora marca de nuevo pero mirando un papel. No se de dónde lo sacó. Tiene el numero escrito en lápiz y no creo que sea su letra.
Ahora no contesta nadie. Frunció el seño. Supongo que porque antes le daba ocupado y ahora no contesta nadie. Sí, era por eso. Está marcando de vuelta. Se arrepintió. Salió de la cabina, saludó al encargado, quien no le devolvió el saludo. Estaba viendo algo en la computadora, no se qué miraba porque el monitor esta ubicado para el otro lado y no puedo ver los pensamientos del encargado.
Mira para los costados, está parado en una pierna, mientras, con la otra, simula giros de tango realizados por una mujer, pero bastante masculinos. Sigue con la misma dirección que iba antes. Está pensando en una hamburguesa con lechuga y tomate. Creo que tiene hambre. No puedo ver sus sensaciones, sólo los pensamientos. Pasó por al lado de un carrito que vende churros. Ahora se imagina una hamburguesa con lechuga, tomate y churros. Sacó la lengua.
Apura el paso, está pensando en qué hora es, me asombra con la claridad que lo estoy viendo. Va a cruzar de vuelta, esta vez hay semáforo y mueve la mano señalando la posición de la luz roja. No entiendo que quiere hacer. Se puso en rojo y ahora cruza. Pensó en saltar las líneas blancas de vuelta, pero se acordó tarde y ya va por la tercera. Sube el escalón y sigue su camino. Pasa por en frente de un hotel. No ve a nadie conocido. Está pensando en que tiene ganas de irse a Europa. Sigue caminando y ahora se imagina en París, en un bar al aire libre. El día está despejado, el clima es seco y agradable. Se imagina con ella. La mesa es para dos y las sillas están enfrentadas. Discuten un poco con gracia por quién se sienta de espaldas a la Torre Eiffel que está cerca del lugar y a la vista. Sin el permiso del mozo, él corre la silla y se sienta al lado de ella. Lo veo clarito. Se abrazan un poco y le da un beso cariñoso en el cachete. La mira a los ojos y se acerca a ella. Le habla rozando sus labios. Agarra una bolsa que parece tener muchos objetos. Le da un sobre vacío y comienza a sacar las cosas. Le da una vista panorámica de un sueño cumplido, luego un cuadro para seguir y seguir pintando con temperas de varios colores, una llave de luz que enciende y apaga la realidad, un abrazo que sirve para invierno y verano, una almohada incómoda para que se apoye en su hombro, una solución indescifrable para problemas simples, una soga con un nudo muy difícil de desatar aunque fácil a la vez, una foto suya (su preferida) en una mesa junto a su creatividad, su imaginación, el miedo (bastante borroso) y su sinceridad (muy sonriente). Además le da un manual con explicaciones sobre cómo es él, pero en blanco, y un libro con cuentos sobre su ideología y manera de pensar, bastante claro por cierto. Solamente le queda por sacar de la bolsa un sobrecito de azúcar. Llegó a la otra esquina y dejó de pensar en París, pero cree y sabe que le puede dar todo eso. Sabe que le puede hacer bien. Aunque también sabe que ella no se da cuenta. Y sigue caminando. Ya me cuesta un poco verlo. No por la distancia, es que hay mucha gente. Entró en calor, al menos eso está pensando ahora, pero no tiene más que una remera puesta. Empieza a caminar más lento, ahora no tanto, ahora sí.
Pasa por un parque y piensa en hamacas. Quiere hamacarse. No hay hamacas. Se lamenta. Mira el cielo, se está despejando. No se detiene. Pasa por la casa de una amiga, creo que va tocar timbre porque se quedó parado. No, se está atando los cordones, aunque piensa en la amiga. Retoma el camino. Ahora no hay tanta gente, sin embargo casi no lo veo, dobló por una calle que me dificulta la visión porque no la conozco mucho.
Sigue caminando y ahora sí ya se me complica verlo. Cada vez se aleja más y se hace borroso. Ya es una figura difícil de reconocer, no veo por donde va ni cuánta gente hay, pero sí puedo ver lo que piensa, está pensando en ella de vuelta. Ya fue suficiente aire, abro la ventana del balcón y me voy adentro con un sobrecito de azúcar en la mano sin saber de dónde lo saqué.
sábado, 10 de mayo de 2008
La escapatoria
Un hombre, de esos que se creen rinocerontes, advirtió que lo estaban siguiendo.
Muy astuto, decidió apurar el paso y caminar por calles con nombres de provincias, sólo para despistar a su perseguidor.
Al llegar a una esquina miró para ambos lados, se dejó crecer la barba y compró una revista de interés general.
Preocupado, siguió apurado. No quería mirar para atrás, sentía que no le perdían pisada.
En el intento por dejarlo lejos, tropezó con una taza de café casi vacía. Al instante supo que era una pista...pero no la entendió. No contaba con el tiempo suficiente como para indagar a las personas que estaban por ahí cerca, y continuó su rumbo de escapatoria.
Llevaba la cuenta de los autos azules manejados por ingleses maleducados que lo pasaban por al lado, estaba seguro que en algún momento iba a necesitar un número preciso de algo.
Se miró las manos y notó que estaba perdiendo velocidad en sus largos pasos, por eso empezó a correr para atrás, mirando para adelante, levantando mucho las rodillas, con las manos en los bolsillos. Sabía que era imposible, pero también sabía que era la única manera de perder de vista a lo que lo estaba persiguiendo.....
Y ahí se dio cuenta...en ningún momento le había visto la cara...no sabía qué era lo que lo seguía...Frenó sus piernas y reaccionó...y entre sábanas destendidas, se despertó.
Este hombre era vivo, como todos los que se creen rinocerontes...
Muy astuto, decidió apurar el paso y caminar por calles con nombres de provincias, sólo para despistar a su perseguidor.
Al llegar a una esquina miró para ambos lados, se dejó crecer la barba y compró una revista de interés general.
Preocupado, siguió apurado. No quería mirar para atrás, sentía que no le perdían pisada.
En el intento por dejarlo lejos, tropezó con una taza de café casi vacía. Al instante supo que era una pista...pero no la entendió. No contaba con el tiempo suficiente como para indagar a las personas que estaban por ahí cerca, y continuó su rumbo de escapatoria.
Llevaba la cuenta de los autos azules manejados por ingleses maleducados que lo pasaban por al lado, estaba seguro que en algún momento iba a necesitar un número preciso de algo.
Se miró las manos y notó que estaba perdiendo velocidad en sus largos pasos, por eso empezó a correr para atrás, mirando para adelante, levantando mucho las rodillas, con las manos en los bolsillos. Sabía que era imposible, pero también sabía que era la única manera de perder de vista a lo que lo estaba persiguiendo.....
Y ahí se dio cuenta...en ningún momento le había visto la cara...no sabía qué era lo que lo seguía...Frenó sus piernas y reaccionó...y entre sábanas destendidas, se despertó.
Este hombre era vivo, como todos los que se creen rinocerontes...
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